Las campañas

Ezra Shabot
6 Mar. 09

En medio de una crisis económica de magnitudes impredecibles, y una guerra declarada a la delincuencia organizada, las campañas de los partidos políticos para las elecciones del 5 de julio se presentan como una actividad fuera de lugar y difícilmente creíbles para la mayoría de los mexicanos. La reforma electoral aprobada otorgó a los partidos tiempos en radio y televisión que, en un afán por reducir el negocio de los concesionarios, terminaron por inundar a los medios electrónicos de basura propagandística de baja calidad. Los espacios asignados al debate de las precampañas se convirtieron en ensayos publicitarios previos al bombardeo masivo de spots.

No hay en esto novedad alguna, sino únicamente más mensajes de partidos en el tiempo oficial de televisión y radio. Sin embargo, suponer que el aumento cuantitativo de los spots genera por sí mismo una mayor calidad en el contenido es algo totalmente falso. Los publicistas que diseñan la propaganda saben muy bien que en tiempos de crisis e inseguridad el mensaje difícilmente consigue su objetivo de penetrar en la conciencia del ciudadano y reforzar o modificar su opción de voto. Es por ello que esta campaña para elecciones intermedias tendrá características diferentes a las otras. No se pueden hacer propuestas alegres y atractivas en los medios de comunicación cuando se pierden miles de empleos y la violencia se mantiene como constante.

Los resultados de las recientes encuestas refuerzan la posición de aquellos que afirman que en tiempos de crisis los gobiernos y sus respectivos partidos pierden fuerza como consecuencia de la responsabilidad que tienen ante el electorado por los efectos de una economía sumida en la recesión y generadora de desempleo. Aunque los factores de esta realidad provienen del exterior, para el elector medio es el gobierno el mayor causante de su desgracia. De ahí que la administración Calderón insista una y otra vez en la efectividad de los programas de apoyo a la economía familiar y al mantenimiento del empleo. Sin embargo, la popularidad del Presidente no se traslada automáticamente a su partido.

El ascenso vertiginoso del PRI en las encuestas responde a su lugar en una cómoda oposición no comprometida con las grandes reformas que el país requiere, y que tienen un alto costo en términos de popularidad electoral. Agazapados en torno a sus gobernadores, quienes no rinden cuentas ni a sus propios Congresos locales, los priistas festinan la debacle perredista provocada por los excesos de su ex líder mesiánico, quien hoy juega en dos pistas (la del PRD y la del PT) hundiendo al sol azteca en sus mínimos electorales.

Con un electorado carente de memoria histórica, y un precandidato presidencial prematuro -Enrique Peña Nieto- impulsado por las grandes cadenas televisoras, las cuales cubren sus actividades como si se tratase de un vicepresidente en funciones, el PRI se perfila para convertirse en la principal fuerza política del país en julio de este año. Paradójicamente, las mismas figuras representativas del pasado, como Paredes, Beltrones o Gamboa, son hoy el sustento de ese PRI cuyo retorno al poder ven posible en el 2012.

La única salvación para que el gobierno de Calderón no quede atrapado en manos de ese priismo que añora el retorno de un pasado mitificado es llevar a cabo una campaña que afirme lo logrado en estos años, poniendo énfasis en lo que representa el retorno del PRI al poder. En este partido no se ha producido cambio significativo alguno frente a lo que era cuando gobernaba el país. Las mismas caras, los mismos discursos, y la falta de compromiso con los cambios de fondo que requiere la economía. La minoría dentro del PRI que está dispuesta a asumirse como modernizadora no es hoy lo suficientemente fuerte como para imponerle su agenda a los dinosaurios.

Y si la izquierda está perdida en sus divisiones, el panismo tampoco está dispuesto a dar el gran salto y convertirse en el partido de centro que requiere el país. Sus ultras imponen agenda en distintos estados, e impiden la transformación de raíz que lo haría romper con una parte de su pasado que, como a priistas y perredistas, persigue y debilita en sus objetivos de llevar a la práctica un proyecto de gobierno. Las campañas que por ley no pueden entrar en la confrontación directa lo harán de todas formas ante la necesidad de todos los partidos de mostrarle al electorado que el otro no es opción válida, aunque ellos mismos no tengan mucho que ofrecer.